Sobre las letras de Robe
Hoy hemos amanecido con la triste noticia de que nos ha dejado Robe, el cantante de Extremoduro. Con él se va una de las figuras más importantes del rock español, un poeta que le cantó al amor, a la melancolía, al dolor y al sufrimiento. Para su último disco, Robe compuso una de las estrofas que más adentro me han llegado: “Me levanto de la cama, me he levantado sin ganas; esta noche es que no he dormido bien. Y me he mirado en el espejo, y no estaba ahí mi reflejo. He debido de desaparecer. Noto que algo me falta hoy para ser, que me falta hoy para estar, como si me faltara peso. Consciente de mi volatilidad, me he empezado a disipar, y ya solo espero tu regreso”.
Aunque hoy no es domingo, no he podido resistirme a escribir este texto, ya que quizá alguno no lo sepa, pero El griterío de mis pensamientos es una frase sacada del último tema en el que participó Robe hace apenas unos meses. En concreto, sale de Caída libre, del disco de Leiva, que habla de cómo la cabeza a veces no nos deja en paz con sus constantes pensamientos y preocupaciones. De cómo, en ocasiones, nos autosaboteamos y nos convertimos en nuestro peor enemigo. Y es que como esta, tantas y tantas canciones suyas que, de una manera u otra, han dejado huella en la vida de miles de personas por hablar de aquello que nos toca en lo más profundo.
Con las canciones ocurre lo mismo que con las personas, los lugares y las películas: uno siempre vuelve a las que le han hecho sentir especial. En el caso de la música, hay canciones que parecen escritas para ser la banda sonora de una etapa de nuestra vida. Y en el caso de Robe, su virtuosismo como compositor llegó a tal punto que, al menos en mi caso, se puede decir que todo lo que siento y he sentido ha sido expresado por él con más acierto y más poesía. Ha sido, digamos, quien ha descifrado lo que en ocasiones tenía dentro y no terminaba de entender qué era.
Cuando se trata de recuerdos, y de cómo estos duelen, Robe cantaba: “Hoy me asalto el recuerdo de tu boca y yo no me he podido defender. Apúntame a mi cuenta otra derrota, que no aguanta otra muesca esta pared. Recuérdame de qué estaba hecha la vida, que a veces se me olvida la razón. Y alégrame esta amarga despedida, recuérdame de qué está hecho el amor”. Para Robe, la vida y el amor estaban hechos de viento, de abrazos, de no quererse dar puntos suspensivos y de no quererse dar nunca por vencidos. Y de deseo, claro, sobre el que también cantó: “Si ella baila yo encuentro una canción que habla de nosotros dos. Quédate en silencio y oye el ruido de mis tripas soñadoras, que sueñan con comerte a todas horas. Ruge el deseo contenido”.
Sobre la búsqueda de lo que uno quiere, esa búsqueda que a veces parece no llegar nunca, Robe compuso: “Y si fuera mi vida una escalera, me la he pasado entera, subiendo al siguiente escalón. Convencido, que estás en el tejado, esperando a ver si llego yo”. Y es que ante todo, Robe le cantó al amor, a lo que consideraba que era el motor del mundo, y también, a la pérdida del mismo y al ansia de recuperarlo: “Ojalá que empezara de cero, y poderle decir que he pasado la vida sin saber que la espero, no. Y sin que me pida más, más, más, más, más, dame más. Sin que me pida… Si te vas me quedo en esta calle sin salida, sin salida. Que este bar está cansado ya de despedidas, de despedidas”.
En todas y cada una de las entrevistas que concedió, Robe dejó patente que era un tipo peculiar, una rara avis, un soñador de lo imposible que abogaba por salirse del camino prestablecido para llegar a lo que nos hace felices a cada uno de nosotros: “De pequeño me impusieron las costumbres, me educaron para hombre adinerado, pero ahora prefiero ser un indio, que un importante abogado. Hay que dejar el camino social alquitranado, porque en él se nos quedan pegadas las pezuñas. Hay que volar libre al sol y al viento repartiendo el amor que tengas dentro”.
Robe también le cantó al tiempo, ese que a veces se nos escurre de entre los dedos sin ser conscientes de que es lo más valioso que tenemos y es sinónimo de aprendizaje: “Para ver crecer amapolas, para estar contigo en las nubes, para celebrar el momento, y para ser mejor, necesito tiempo. Únicamente tiempo”. Asimismo, reivindicó mil veces el derecho a equivocarse -“te puedo asegurar que el paso de los años no impide que vuelva a tropezar”- y el constante desafío que supone intentar averiguar cómo vivir: “Para algunos, la vida es galopar por un camino empedrado de horas, minutos y segundos. Yo, más humilde soy, y solo quiero que la ola que surge del último suspiro de un segundo me transporte mecido hasta el siguiente”.
Para terminar con esta publicación un tanto improvisada, Robe dijo en una ocasión que tenía 61 años, pero que algunos de esos años deberían contar por siete por la intensidad con la que los había vivido. Esto me recordó a lo que dijo el periodista estadounidense Hunter S. Thompson, que de alguna manera tiene que ver con cómo veía Robe su paso por aquí y el legado eterno que nos deja: “La vida no debería ser un viaje hacia la tumba con la intención de llegar a salvo con un cuerpo bonito y bien conservado, sino más bien llegar derrapando de lado, entre una nube de humo, completamente desgastado y destrozado, y proclamar en voz alta: ¡Uf! ¡Vaya viajecito!”.
En fin, que la tierra te sea leve.


Totalmente de acuerdo!! Vivir intesamente vale muchísimo más que estar repitiendo al misma vida durante años!
Gracias por compartir Carlos!